Ferrandiz, Juan Francisco
Cuentan los ancianos que hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo se
estremecía por temor al inminente fin del milenio, un forastero llegó a
las brumosas tierras de Irlanda con una misteriosa misión. Dicen que ese
hombre, un monje atormentado y valeroso llamado Brian de Liébana, huía
de unos malvados caballeros de tez pálida y alma oscura, cuyo nombre
nadie osa pronunciar en voz alta sin santiguarse.
Los más viejos afirman que Brian y sus compañeros, sabios religiosos
venidos de todo el continente, se atrevieron a reconstruir el
monasterio de San Columbano, antaño escenario de una cruel matanza. Y
aunque algunos juran que profanar esas ruinas supuso el inicio de todas
las desgracias, otros opinan que fue la presencia intramuros de una
hermosa mujer celta lo que desató la ira de Dios.
Pero si hay algo que nadie niega en esa isla de cielo gris y
abruptas costas es que la muerte consiguió atravesar los muros del
monasterio y extenderse por los senderos del bosque cual preludio del
apocalipsis. Que una mano asesina, certera e impía, se cobró la vida de
muchos inocentes y que, durante largos meses, druidas y monjes, nobles y
plebeyos vivieron atrapados bajo un denso manto de miedo y de
sospechas.

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